El objetivo arquetípico de volverse humano

El objetivo arquetípico de volverse humano

18 febrero 2020 Joan Sleigh Visto 25 veces

María, la madre de Jesús, aparece en diferentes contextos de encarnación y humanización: desde la posibilidad de convertirse en recipiente de la deidad hasta la germinación de una futura realidad espiritual, a cuyas características pertenece, entre otras, una actitud consciente frente a las fuerzas mortecinas.


En el Evangelio de Mateo, María se guía por la afirmación incondicional de la vida. Ella crea un espacio de concepción impregnado de calidez, que facilita la condición en la que lo sustancialmente humano pueda encontrarse consigo mismo y crecer. Ella posibilita la transformación y la realización de las tareas de los hombres, ya sea en José, los Reyes o en los discípulos.

El Evangelio de Lucas nos da la imagen de María como el alma humana que es guardiana e impulsora de la Palabra. Una facultad especial del ser humano dotado del habla es el silencio, el intermedio, en el que el silencio puede ser un espacio de resonancia y de fuerza creadora y transformadora.

El Evangelio de Juan presenta a la Madre María en su capacidad de entrar en diferentes relaciones. Permite a Jesús realizar sus primeros milagros en las bodas de Caná, y apoya la entrada de su Yo en la actuaión terrenal-corporal. Al final de su vida en la Tierra, María, bajo la cruz de Gólgata, entra en una nueva relación con Juan, el «discípulo al que el Señor amaba».

En el ‹Quinto Evangelio›, Rudolf Steiner describe cómo Jesús regresa de sus excursiones y se desespera de que la humanidad haya perdido la unión con el espíritu. María lo escucha en silencio y en plena presencia mental, preparando así el espacio para su futura tarea, para que él pueda emprender en libertad el camino hacia el bautismo en el Jordán.

Portadora de un ser en devenir

La imagen posiblemente más sublime de María se describe en el Apocalipsis de Juan: Una mujer vestida del Sol, con la Luna bajo sus pies, la cabeza coronada de doce estrellas, y amenazada por un dragón. De la Luna recibe las fuerzas de reproducción, la capacidad natural de la concepción, y lo devenido en el pasado como base de actuar. La corona representa la conexión del alma humana con el devenir espiritual - el alma es portadora de un ser en devenir.

Los dogmas eclesiásticos le han otorgado a María cuatro títulos que nos ayudan a entender lo que ella representa: La Madre de Dios (en todo ser humano habita una deidad que ayuda a superar tanto la imagen negativa que tenemos de nosotros mismos como los prejuicios contra los demás, lo cual requiere valentía y superación), la Virgen (la completa devoción frente al plan de vida y frente a las tareas a cumplir con plena conciencia), la Inmaculada Concepción (la disposición a asumir las incertidumbres vinculadas a la generación de nuevas ideas a pensar y realizar, confiando en el desarrollo del propio potencial) y la Asunción de María (para lograr una actitud consciente frente a la corporalidad como base de la espiritualidad).

Creadora de un nuevo nacimiento en el espíritu

Con su tarea corporal, la Madre María crea el espacio para la experiencia del nacimiento: envuelve, sufre con, teme por, y acompaña a, lo que llega al mundo. La madre que da a luz, envuelve y nutre, también puede ser vista como una imagen de la Madre Tierra que se entrega a las necesidades de la humanidad.

Las fuerzas anímicas de María son la disposición de escuchar y crear intervalos y espacios de empatía y acogida, de acompañar al otro sin intervenir en su libertad. Su gran capacidad de afirmación positiva hace que María se convierta en una nueva Eva, la Madre de la humanidad. Desde el punto de vista espiritual, especialmente en la imagen de la Crucifixión, María acompaña y experimenta como Pietà el nacimiento del espíritu a través del proceso de la muerte. Como Pistis-Sophia, sinónimo de Espíritu Santo, prepara el nuevo nacimiento del espíritu en el futuro.