¡Nunca más la guerra! - Por una Europa más allá de las potencias

¡Nunca más la guerra! - Por una Europa más allá de las potencias

17 febrero 2022 Gerald Häfner Visto 2180 veces

El 17 de febrero, Louis Defèche habló con Gerald Häfner sobre la tensa situación en Ucrania. La entrevista no recoge situación actual de la crisis con la invasión de Rusia en Ucrania. No obstante, la entrevista abre perspectivas que plantean cuestiones más allá de la situación actual. ¿Qué posición debe adoptar Europa, y cómo podemos crecer con una nueva forma de pensar, más allá del viejo "pensamiento de bloques" de la política de poder.


¿Cómo ves la situación en y con Ucrania?

La situación es dramática. Es un peligroso desencadenamiento de hechos: se han desplegado más de 100.000 soldados en la frontera entre Rusia y Ucrania. Oriente y Occidente se retan con exigencias y amenazas. El tono es cada vez más intolerante y subido. Me horroriza la ligereza con la que se vuelve a hablar de la guerra en los medios de comunicación hoy en día, incluyendo la Europa Central, y la negligencia con la que se está alimentando un ambiente bélico con comentarios y pronósticos. Lo considero una recaída en una época que creía superada.

El problema existe desde hace varias décadas. ¿Puedes explicar cómo surgió?

El problema viene de lejos. Si nos fijamos en las últimas décadas, tenemos que darnos cuenta de que había un periodo de unos 45 años después de la Segunda Guerra Mundial en el que Europa estuvo dividida por el Muro de Berlín, y ambos bandos estaban enfrentados, armados hasta los dientes. Era la época de la Guerra Fría, del viejo "pensamiento de bloques". En 1989, todo esto cambió. No fueron los militares, los servicios secretos o los gobiernos, sino los ciudadanos, las personas civiles, quienes superaron el enfrentamiento y el pensamiento de bloques. Este movimiento comenzó con velas y canciones en las calles de la Alemania del Este. Hubo movimientos paralelos, a veces incluso anteriores, en los estados bálticos, en Armenia, Georgia, Polonia, Ucrania y en otros países. Fue un movimiento de autodeterminación, libertad, democracia, cooperación y colaboración en Europa. Finalmente, el Muro cayó y Alemania se reunificó.

En aquel momento, yo era miembro del Bundestag (el parlamento alemán). Al principio hubo conversaciones formales mantenidas exclusivamente a nivel gubernamental, es decir, con los instrumentos de la política exterior. Yo, en cambio, interpretaba los sucesos como una cuestión de política interior futura y, por tanto, de la democracia, de la representación del pueblo. Se trataba nada menos que de forjar nuestro futuro común. A propuesta mía, el Bundestag creó entonces una Comisión Especial sobre la Unificación Alemana como instrumento adicional para las negociaciones. Junto con otros tres colegas, me convertí entonces en ponente del Bundestag sobre la unificación, por lo que se me encomendó la tarea de seguir de cerca las negociaciones, informar al Bundestag y elaborar propuestas para el camino hacia la futura unidad de Alemania por parte del Parlamento. Una cuestión crucial era si la Unión Soviética -representada por Mijaíl Gorbachov- daría su consentimiento a la unificación de Alemania, de modo que lo que hasta entonces había sido la zona de despliegue del Este, es decir, la RDA, pasaría en el futuro a formar parte de la República Federal de Alemania. El consentimiento se dio con la condición de que la OTAN, es decir, la alianza militar occidental, no avanzara más hacia el este. Esto se discutió en su momento, pero no se puso por escrito. Así lo confirmaron los participantes de ambos lados.

Sin embargo, esta promesa no se ha cumplido. La OTAN ha avanzado más hacia el este, paso a paso. En 1999, durante la primera ampliación hacia el este, se incorporaron Polonia, la República Checa y Hungría; en 2004, Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovenia y Eslovaquia; en 2009, Albania y Croacia; en 2017, Montenegro y, más recientemente, en 2020, Macedonia del Norte. El proceso de admisión está en marcha para Bosnia, Herzegovina, Kosovo y Serbia. También Georgia y Ucrania quieren ser miembros de la OTAN. Además, hay despliegues de tropas y maniobras militares cada vez más agresivas, por parte de ambos bandos. En Ucrania, hubo esfuerzos importantes en 2013/14 de orientarse hacia Europa y la OTAN, esfuerzos que se han renovado últimamente. Occidente interpreta todo esto como algo que confirma la superioridad cultural, política, económica y militar de su propio sistema. Sin embargo, Rusia se siente cada vez más desplazada y acorralada. Desde el punto de vista de los dirigentes rusos, Ucrania pertenece a su propia esfera de influencia. Rusia no tolera a la OTAN en este ámbito.

Además, Ucrania es un país casi dividido. Las zonas del este, alrededor de Donetsk y Luhansk, están habitadas mayoritariamente por personas de habla rusa. Las tensiones han aumentado allí, y Rusia argumenta: "Tenemos que proteger a nuestra población rusa en Ucrania. Somos su garantía de seguridad". Occidente advierte de una invasión y amenaza con las sanciones más feroces que se recuerdan. Hay una escalada de acusaciones día a día.

Sin embargo, en nuestros periódicos los hechos se relatan de forma diferente a como las acabo de describir. Y lo hice deliberadamente, porque en nuestros medios solo se lee sobre las incesantes provocaciones de Putin, que exigen una reacción dura y unida de Occidente. Esto es diferente en los medios de comunicación alternativos y de izquierdas. En ellos comparten las posiciones de Putin, generalmente de forma muy dogmática, buscando la culpa y los motivos de agresión unilateralmente en Occidente. Eso tampoco sirve de nada. Este tipo de parcialidad solo refleja la actitud de aquellos contra los que el otro lado se opone. Pero también hay que admitir que la Rusia de Putin es agresiva, nacionalista, totalitaria. Apenas hay libertad. No se tolera una auténtica oposición; los críticos y disidentes son oprimidos, encerrados en campos de trabajo, o incluso asesinados.

En esta situación, la tarea de Europa sería ver si hay otra opción distinta, una tercera vía: no la de optar por Occidente, por EEUU y la OTAN, ni tampoco por Oriente y la Gran Rusia de Putin, sino por lo que está en medio, o mejor dicho, por encima de todo: Europa. Una Europa libre, autodeterminada y neutral. Entonces ya no se trataría de los antiguos reflejos e instintos. Ya no se trataría de tomar partido por uno u otro bando, sino de superar de una vez por todas las tendencias unilaterales. Hay que tender puentes, superar las trincheras, unir a Europa.

Por muy legítimo que pueda parecer a primera vista el deseo de Rusia de que sea respetada su "zona de influencia", la idea de restringir la libre decisión sobre el curso político de los países independientes (y de los ciudadanos soberanos) o de determinar la libre decisión mediante la "pertenencia a un bloque", vista de cerca, es anacrónica e inaceptable. En cambio, si la libre decisión no fuera sinónimo de afiliación a un bloque, sino de independencia mutua hacia ambas partes, entonces sería viable sin miedo ni amenazas masivas.

Por lo tanto, debemos empezar a pensar, también en el conflicto actual, en una Europa más allá del viejo pensamiento de bloques.

¿Podemos decir que hay dos corrientes presentes en Ucrania al mismo tiempo? Por un lado, la de sentirse unido a Rusia y, al mismo tiempo, el fuerte deseo de más democracia, libertad, derechos humanos y más conexión con Europa?

Efectivamente, ambas existen. Y ambas son justificadas. Lo que no está bien es categorizar y decir que las cosas son incompatibles. No es correcta una política que pretende que un país solo pueda pertenecer a Occidente o a Oriente. Esta es una visión absurda y antagónica. Esa época ya ha pasado. Me gustaría que Europa en su conjunto comprendiera que no se trata de Occidente u Oriente, sino de un espacio intermedio en el que tenemos que desarrollar nuestras propias formas de cooperación y protección mutua. Lo mismo vale para Ucrania. Es trágico que en estos momentos la parte occidental de Europa esté discutiendo de forma tan beligerante, "enganchada al carro de Occidente". Por otra parte veo igualmente trágicas las ambiciones de Rusia de ser una potencia mundial, así como el tono cada vez más nacionalista y militarista de su política. Lo más conveniente sería buscar soluciones junto con la población de allí, es decir, soluciones más allá de la guerra, soluciones más allá de esta falsa alternativa de Este u Oeste, OTAN o Rusia.

En los últimos años, Europa se ha implicado poco. Rusia habla directamente con Estados Unidos. Es como si Europa no estuviera ahí. ¿A qué se debe esto?

Desde la parte europea, hubo algunos intentos de introducir una lógica diferente. Estos intentos siguen existiendo, pero son débiles, tímidos e indecisos. Hubo el Acuerdo de Minsk con el objetivo de desescalar y finalizar la guerra que estalló en el este de Ucrania en 2014. Por otro lado existe el llamado formato de Normandía, en el que Rusia, Alemania, Francia y Ucrania están negociando conjuntamente el conflicto ucraniano. Pero todo esto es más bien un flanqueo vacilante de la política cada vez más agresiva que se observa desde Occidente y Oriente en la actualidad. Una política de pequeños pasos tímidos. Europa no se atreve a poner sobre la mesa una propuesta realmente propia. Estoy hablando a propósito de forma tan radical, porque debe haber alguien que rompa de una vez esta lógica primitiva. Por el momento es como en un jardín de infancia. Cada lado dice: "¡Tú empezaste!" - "¡No! empezaste tú". Y, "¡Soy más fuerte que tú! Si continúas, te golpearé". - "No, el más fuerte soy yo. ¡Si continúas así, te golpearé mucho más!" Hace tiempo que deberíamos haber superado esta escalada mutua – de una forma individual, humana y con debates verdaderos entre los estados. Deberíamos preguntar: ¿Qué te ha herido? ¿Qué te asusta? ¿Qué podría hacer para que te sintieras más seguro?

En realidad, tuvimos la oportunidad de nuestra vida en 1989/90. No la aprovechamos. En ese momento, habría sido una oportunidad y una tarea europea formar un área de seguridad común en esta región de Europa Central y Oriental, que durante tanto tiempo había sido una cabeza de puente para las fuerzas externas del Este y del Oeste. Desarrollemos en Europa Central y en el conjunto de Europa nuevas formas de cooperación con una garantía mutua de seguridad, tal como propuse en su momento. Incluso formulamos un proyecto de nueva Constitución para Alemania porque, de hecho, la Ley Fundamental alemana exigía que, en su lugar se estableciera una nueva Constitución tan pronto como Alemania estuviese reunificada.

Fue por eso que el preámbulo de la Ley Fundamental de entonces decía: "para un periodo transitorio". Porque en 1949 era obvio que solo el pueblo podía darse una Constitución. Pero como la división de Alemania impedía que una parte del pueblo participase en la elaboración de una nueva Constitución, no era posible hacerla en ese momento, dejándola en una forma provisional. La disposición final de la Ley Fundamental rezaba correspondientemente: "Esta Ley Fundamental dejará de ser válida el día en que el pueblo alemán haya adoptado una nueva Constitución en libre decisión". En 1989/90, este párrafo fue para mí un motivo para crear una iniciativa para un proceso constitucional desde abajo. Después hubo una comisión constitucional conjunta de la Federación y los Länder (estados federados alemanes) a la que pude presentar esta propuesta. La comisión se pronunció mayoritariamente a favor de esta vía. Pero el gobierno federal estaba firmemente en contra. Así que en realidad teníamos una mayoría para este proceso constitucional, pero al final esta mayoría no era suficiente para enmendar la Constitución. Así que, a pesar de todos los buenos argumentos, la propuesta fracasó.

Es importante entender la idea fundamental de este proceso. Habíamos reformulado el artículo que permite a Alemania ser miembro de una alianza, pero de tal manera que solo era posible unirse a una alianza en la que el objetivo de los estados miembros es tener protección mutua entre ellos. En otras palabras, el texto proponía que Alemania se alejase de la lógica de bloques; que no profundizase la división, y que al contrario, ayudase a superar tal lógica. El mandato constitucional es: creamos un espacio de seguridad mutua en Europa. Una alianza común de Oriente, Centro y Occidente. ¿Qué es lo que ofrece a los países la mejor protección posible? No es el aumento, sino la reducción de la amenaza militar.

¿Podremos reducir el potencial de amenaza en Europa y vivir en un espacio común (no dividido en dos bloques) de paz, libertad y cooperación? Esa era la idea, y todavía sería posible realizarla. En las negociaciones, la voz europea sobre Ucrania podría ser una que no sea ni pro OTAN ni pro rusa, sino que se pregunte: ¿Cómo podemos superar esta lógica errónea? En mi opinión, hay suficientes propuestas para cambiar de rumbo.

¿Qué puede significar esto para Europa?

En la actualidad existen todavía dos reflejos convencionales en la UE: por un lado, la amplia equiparación de Europa y la OTAN, y por otro, la idea de que, en la competición de las grandes potencias, Europa podría estar a la altura del poder de Estados Unidos, Rusia y China si solo construyese un ejército común. La gente piensa que solo cuando tengamos la mayor cantidad posible de armas y soldados militares, podremos jugar por fin un papel importante. Pero eso es un disparate. Militarmente, nunca podremos alcanzar a las superpotencias. De todas formas, esta carrera es un anacronismo que lleva cada vez más a un callejón sin salida. En el futuro, el mundo necesitará más bien un actor dotado de suficiente poder, influencia, ideas, fuerza económica y política para romper definitivamente esta lógica burda y atávica del siglo XX. El siglo XXI necesita otras formas de convivencia, en la que lo realmente vital serían la cooperación, los contratos, las conversaciones, las relaciones y la confianza.

Solo con este nuevo estilo político, Europa emergería realmente como un continente con identidad y fuerza propias.

Ha habido ya algunos brotes tiernos de esperanza, como por ejemplo el acuerdo START, el acuerdo FMI y otra serie de otros acuerdos más que han limitado el número de ojivas nucleares estratégicas y de armas de medio y largo alcance en Europa. Pero los acuerdos fueron rescindidos sin sustituirlos por otros nuevos. Así que lo primero sería empezar a reabrir estas negociaciones y limitar las armas. Otros pasos útiles serían la reducción de las tensiones militares, la celebración de conversaciones constructivas para la resolución del conflicto, el intercambio de observadores, la apertura mutua a nivel político y económico y el establecimiento de redes. Sobre todo, hay que acabar con la idea absurda de que la población solo puede ser de un lado o del otro.

Tomemos el caso de Ucrania. Es un país con múltiples grupos de población. Hay muchos ucranianos, rusos y tártaros, por nombrar algunos de los grupos más numerosos. Su cultura, sus tradiciones e intereses son diferentes. Esto conduce a diferentes posicionamientos en los conflictos actuales. Mientras la gente piense que Ucrania solo puede ser de aquí o de allá, de esta manera o de aquella, siempre habrá un grupo que se siente oprimido y sin identidad propia. Por lo tanto, también debe haber, por supuesto, autonomía en las distintas regiones. Debe haber autodeterminación, por ejemplo para Donetsk, para Luhansk, para Mariupol, para Crimea, etc. Esto significaría ya un gran logro. Sin embargo para ello, primero tenemos que lograr abstenernos de pintar escenarios de amenaza, desmantelar las armas, superar el pensamiento de bloques y darnos mutuamente una garantía de seguridad. Esto sería posible si Oriente y Occidente firmasen un tratado que asegura que ningún lado atacará al otro. De este modo sería posible desmantelar gran parte de las armas ya.

¿Cómo podría ser la política europea una vez superada el pensamiento de bloques?

Me encanta la pregunta, porque es una pregunta que nunca se ha formulado por los políticos. Debemos empezar a diseñar realmente el futuro y tener ideas nuevas. El futuro que me gustaría ver para Europa es el desmantelamiento del potencial militar, sobre todo en las regiones fronterizas con Rusia. También podemos y debemos superar gradualmente la idea del estado nacional unitario, aunque solo sea por el hecho de que, las poblaciones homogéneas en un país no existen. Esto significa que deberíamos poco a poco abandonar nuestra concepción de fronteras infranqueables y cerradas, y entender las fronteras como una especia de membranas. Podríamos desarrollar estructuras superpuestas, en el sentido de estructuras culturales que no tienen por qué coincidir con las fronteras regionales y nacionales (políticas). Esta idea, si se toma en serio, va mucho más allá de la cuestión de la seguridad o de la cuestión militar.

Tomemos por ejemplo las escuelas Waldorf. En todos los países del mundo, tienen que cumplir las normativas estatales, normativas que varían de región en región. Por eso, todas las escuelas Waldorf hacen concesiones porque tienen que seguirlas. Lo que cuenta son los exámenes y certificados. Sin embargo, desde el punto de vista de la pedagogía Waldorf, en este sistema educativo, los alumnos aprenden cosas que no siempre son útiles. Los certificados y titulaciones escolares dependen de la legislación nacional, hasta los contenidos de los planes de estudio. ¿Pero qué pasaría si las escuelas Waldorf se pusieran de acuerdo entre ellas sobre cómo quieren gestionar sus asuntos? Ellas tienen la capacidad de organizarse muy bien ellas mismas. También se podría imaginar un acuerdo transnacional. Entonces habría una libre elección de escuelas. Las reglas de una escuela Waldorf en Luhansk o Kiev no las hace el estado ucraniano, ni el ruso ni el estadounidense, sino las personas que se relacionan con esta pedagogía y que son competentes en ella. Este ejemplo se puede aplicar también a otros ámbitos, como por ejemplo el económico. La elección de los socios con los que alguien quiere cooperar económicamente no depende de las fronteras físicas de un estado o un sistema federativo. Por desgracia, el pensamiento sigue orientado a las categorías cerradas de siempre. Tenemos que acabar con esto y avanzar cada vez más hacia la autodeterminación y la autogestión en estas zonas.

Hoy en día, muchas personas quieren fortalecer el estado-nación. En las estructuras supranacionales y tecnocráticas, experimentan una pérdida de democracia, por ejemplo en la Unión Europea. ¿Qué les dirías?

Estas personas tienen razón en su análisis, pero no en las consecuencias que extraen de él. El peligro tecnocrático -la tragedia del mundo actual- proviene también del hecho de que el derecho ha sido y sigue siendo nacional. Como el derecho nacional tiene su límite en las fronteras del estado-nación, no puede resolver los problemas globales –ya sean jurídicos, ecológicos o climáticos, por ejemplo, la sobrepesca de los océanos. Muchos asuntos no los podemos regular solo con una ley alemana o francesa; necesitamos una ley que funcione más allá del ámbito nacional. Por lo tanto tenemos que establecer el derecho también por encima del nivel nacional. Si no hay nuevas ideas de cómo lograr esto metódicamente, es inevitable que surjan sistemas tecnócratas y centralistas, o incluso un gobierno mundial que nos diga cómo alimentarnos y si debemos vacunarnos. Este tipo de escenarios es lo realmente preocupante; en cambio la idea de que debe haber un derecho diferenciado en los distintos niveles no debería preocupar tanto.

En Europa hay muchas cosas que podríamos regular entre todos. Pero, al mismo tiempo, necesitamos una salvaguarda estructural para evitar que el derecho se desintegre deslizándose de los estados hacia Europa, como la nieve que se deshiela en un tejado inclinado. Se produce un desequilibrio porque el derecho suprarregional siempre se impone frente al derecho regional, y como resultado, competencias jurídicas nacionales acaban en niveles supranacionales cada vez más alejados de los ciudadanos.

Tenemos que romper esta lógica e intentar fortalecer el derecho entre las personas, es decir, descentralizar y defender el principio de la subsidiariedad. Dondequiera que establecemos estructuras de derecho, debe haber autodeterminación en la sociedad. En la época de la democracia, o dicho antroposóficamente: en la época del alma consciente, el derecho ya no es algo que una persona o una autoridad pueda dictar a los demás. Como ciudadanos y seres humanos, todos tenemos el mismo valor. En el ámbito jurídico-político, todos somos iguales. Este ámbito es, como dijo Rudolf Steiner, en el que hoy todos deberíamos tener la misma oportunidad de participar.

De lo que se trata es de cómo podemos reforzar la participación directa del ciudadano a todos los niveles mediante la deliberación, la participación y la democracia directa. Un elemento trágico de nuestro presente es también que la gente de a pie tiene que acatar el derecho existente de su país porque no tiene otra opción. Pero los que tienen mucho dinero, incluidas las grandes multinacionales, interpretan las leyes como más les convienen, o no cumplen las leyes existentes; por ejemplo, no pagan impuestos amparados por lagunas legales. La solución no consiste en cerrar los ojos a este tipo de maniobras, sino en preguntar qué asuntos jurídicos pertenecen al nivel nacional, y cuáles al nivel internacional. ¿Qué tenemos que regular dónde? Después habrá que dar forma a todos los niveles en el sentido del autogobierno y la democracia.

¿Cómo podemos ampliar esta imagen para la Europa entre Occidente y Oriente?

En primer lugar, diría que la mayoría de las personas en Europa ya han estado allí con su alma y que añoran esa Europa hace mucho tiempo. La imagen de una Europa que no es ni Occidente ni Oriente, sino ambas a la vez, lleva mucho tiempo incubándose en la mente y el corazón de los pueblos europeos, pero no se está realizando políticamente. A no ser que surja forzadamente en una situación tan dramática como la actual en Ucrania, en la que se escuchan voces antes no oídas, con afirmaciones que, en realidad, no aportan nuevos conceptos políticos y además, pero que en última instancia son marginales comparadas con las voces que dicen: "Basta de esta locura, tenemos que encontrar la manera de trabajar juntos y entendernos".

Algo importante, a mi juicio, sería deshacerse de la idea de que el estado es el tutor de los ciudadanos, la única autoridad y el único legislador. Tenemos que entender que, como seres humanos, estamos interconectados en ámbitos sociales muy diferentes. Uno de ellos es el jurídico-político, otro el espiritual-cultural y otro el económico.

Cuando se trata de dar forma al derecho en el ámbito económico, estamos trabajando la solidaridad, la cooperación y el compromiso del individuo por los demás. Dentro de la economía, siempre actúo para los demás. Interesantemente hay muchas relaciones económicas entre Alemania y Rusia. Al hablar con las personas, se puede aprender que tales relaciones no solo se rigen por las expectativas de beneficios. Hay un fuerte componente humano y emocional. Los que trabajan juntos confían en los demás y están fascinados por la calidad de los productos y servicios de la otra parte. En este sentido, Rusia está muy orientada hacia Europa. Los alemanes que trabajan en Rusia suelen hablar de cómo experimentan esa profundidad del alma y el carácter rusos y esa increíble fuerza emocional que se puede sentir allí. Si nos fijamos en los Estados Unidos, tenemos la voluntad marcada de imponerse y una forma de pensar centrada en el ego. En Rusia hay un fuerte "nosotros", un pensamiento centrado en la comunidad. Son dos fuerzas que en su totalidad y oposición pueden ser constitutivas para Europa.

¿Cómo podemos tender el puente? ¿Qué podemos aprender de los otros, qué pueden aprender ellos de nosotros? A partir de estas cuestiones podemos dar pasos prácticos hacia adelante, pero se ve que falta la voluntad política.

Tenemos la iniciativa ,”Ohne Rüstung leben” (Vivir sin armas), en la que las personas declaran que están dispuestas a vivir sin la protección del armamento militar y que no quieren que se sigan adquiriendo y utilizando armas en su nombre. Esta es la fuerza moral y la dirección moral que podemos observar en la Europa actual. Solo faltan políticos que recojan este anhelo y lo hagan realidad. La crisis de Ucrania sería, y es, una gran oportunidad para ello.

¿Cómo sería si alguien acogiera estas ideas?

La ex ministra suiza de Asuntos Exteriores, Micheline Calmy-Rey, afirmó que Europa debe ser neutral y no alineada. Si el gobierno alemán tomara la iniciativa en este sentido junto con el francés, esto abriría perspectivas realmente interesantes. Como ya digo, las fuerzas para ir en esta dirección estarían ahí. Pero faltan ideas y pensamientos claros. Y falta la voluntad de formular, defender y realizarlos. Todavía no hay voluntad suficiente.


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