Formación de juicio y toma de decisión

Formación de juicio y toma de decisión

24 noviembre 2020 Philip Kovce Visto 38 veces

Siempre que hay controversia sobre temas como la vacunación, el cambio climático, la homeopatía, el glifosato o el Covid-19, se mezclan repetidamente dos perspectivas: la de la ciencia y la de la política. Solo reconociendo las condiciones específicas de estos dos ámbitos será posible sentar la base para su fructífera interacción.


Quien se fundamenta en los hallazgos científicos para forzar vacunaciones, tomar medidas de protección del clima, cuestionar el copago para medicamentos homeopáticos o prohibir la aplicación de glifosato, se sirve de un truco político. Un truco que se justifica con los supuestos hallazgos fiables de la ciencia, aptos para traducirse a decisiones políticas y para la implantación de las mismas sin más evaluación o valoración. Tal mezcla de los conocimientos científicos y las tareas políticas hace que se difumine la concepción correcta tanto de la función de la ciencia como de la política.

La función de la ciencia es servir a la búsqueda de la verdad. Usar la ciencia para llegar a decisiones por mayoría significa cortar el árbol del conocimiento. Para que este árbol pueda crecer y dar frutos, el arte, la ciencia, la investigación y la enseñanza deben ser libres, tal como queda formulado en las constituciones de muchos países europeos.

Relevancia y legitimidad

De ahí hay que concluir que la ponderación de los argumentos y la voluntad de corregir posibles errores deben estar libres de la influencia política; y significa que inversamente, el estado actual de la investigación, por muy claro que esté, no puede anticipar las decisiones políticas. Por ejemplo, una cosa es el conocimiento de que las emisiones de dióxido de carbono producidas por el ser humano están impulsando el calentamiento del planeta, según el amplio consenso de los investigadores del clima. Lo que de esto se desprende en el ámbito político debe decidirse democráticamente, no según el juicio académicamente preestablecido.

La búsqueda de la verdad no es tarea de la política; esta se limita a dirigir la voluntad hacia la toma de decisiones. En una sociedad libre y de participación democrática igualitaria, la política facilita la formación de la voluntad pública y la votación sobre asuntos públicos. Quien rehúye el debate público y la confrontación en pie de igualdad, y en lugar de ello prefiere recibir ideas desde la torre de marfil como mandamientos superiores, se niega en última instancia a participar en la política y daña la democracia.

La tendencia popular de mutilar la función de la política y malinterpretar la de la ciencia se debe, entre otras cosas, a dos problemas agudos: por un lado la relevancia deficiente de la ciencia y por otro la legitimidad deficiente de la política.

Libertad y conocimiento

El ‹homo academicus› que depende de fondos públicos, tiende a politizar sus conocimientos específicos para adquirir más relevancia. Paralelamente, el ‹zoon politikon› posdemocrático tiende a justificar sus demandas con los resultados de la investigación científica.

Estas actitudes son problemáticas porque ofuscan el entendimiento de la relación entre la ciencia y la política. La una depende de la otra. Encontrar la verdad en la ciencia requiere libertad política; tanto como la toma de decisiones políticas requiere el conocimiento científico. La búsqueda de la verdad sin libertad acaba en ideología; la toma de decisiones sin conocimiento termina en despotismo. La búsqueda libre de la verdad y la toma de decisiones fundamentada en la ilustración son las piedras angulares de la sociedad abierta.


Este artículo fue publicado en ‹Das Goetheanum› no. 21/2020 y es el epílogo (editado para ‹Antroposofía en el Mundo›) del libro ‹Yo miro al mundo. Aspectos y perspectivas› (Ich schaue in die Welt. Einsichten und Aussichten) por Philip Kovce, editorial Verlag am Goetheanum, 2020.