La resiliencia de lo vivo
En la actualidad, casi todo el mundo está experimentando el fenómeno de la institucionalización, que normalmente solo afecta a personas con discapacidades y otros grupos marginados, o solo se experimenta durante un corto periodo de tiempo y en situaciones excepcionales.
Con «institucionalización» me refiero a que algunos aspectos esenciales de la vida cotidiana son regulados por una autoridad y, por lo tanto, dejan de ser parte de la autonomía personal. Como resultado, el margen de acción individual queda subordinado a procedimientos predefinidos, con la pretensión de proteger a las personas. En el caso de las medidas tomadas contra el coronavirus, la presencia física en el espacio público representaba por sí sola un factor de riesgo. Como la «amenaza» no es perceptible, las personas dependen de la autoridad, que tiene acceso exclusivo a informaciones relevantes, y no tienen que formarse su propio juicio. Dado que las medidas afectan físicamente a las personas, las autoridades se sienten llamadas a intervenir en el cuerpo físico si lo estiman adecuado.
Autorregulación dinámica
La gestión de crisis institucional jerárquica («top-down») con sus estructuras de mando y control, contrastan con otras formas de organización social, espontánea y local. Por ejemplo, las iniciativas ciudadanas o «disaster communities» se basan en la iniciativa individual y aprovechan las redes de cooperación existentes o crean otras nuevas. Tales iniciativas están en un proceso de retroalimentación continua sobre las consecuencias de cada situación, por eso suelen actuar con mayor rapidez y flexibilidad y tienen una gran capacidad de adaptarse a las condiciones cambiantes. Todo esto presupone que las personas estén en contacto libre entre ellas.
La calidad de la acción depende, por tanto, de que el organismo social sea capaz de actuar viva y dinámicamente. Los cuerpos no vivos o los sistemas que funcionan con leyes mecánicas están sujetos a la entropía. El estrés provoca un desgaste que tiene que ser «reparado» una y otra vez mediante intervenciones desde afuera. En contraste con ello, los sistemas vivos se caracterizan por su «antifragilidad» (Nassim Nicholas Taleb).
Los organismos vivos se encuentran en una relación dinámica y resonante con su entorno, y facilitan los procesos de desarrollo, renovación, transformación y reproducción. No sólo son resilientes en el sentido de restaurar un estado previo de equilibrio después de un trauma sufrido, sino que incluso dependen del estrés y de experiencias de perturbación para desarrollar y ampliar sus capacidades. Tales organismos funcionan según los principios de autorregulación dinámica y autocontrol sensible, inherentes a las fuerzas formativas orgánicas y a los procesos vitales.
La perspectiva de la fragilidad y la anti-fragilidad también es válida para los organismos sociales como asociaciones, comunidades y organizaciones de todo tipo, municipios, sociedades nacionales, alianzas transnacionales, y la comunidad mundial entera.
Crecer frente a situaciones de estrés y trauma
Cuanto más «mecánicos» sean los principios organizativos de un sistema, con el mando centralizado que define los objetivos mediante esquemas lineales de acción y comunicación, más frágil será su reacción, y más probable será que las posibles disfunciones conduzcan al colapso. Sin embargo, cuanto más una comunidad encarne los principios de autoorganización y los procesos de autocontrol descentralizados que constituyen un organismo vivo (incluyendo la capacidad de respuesta dinámica), mejor podrá hacer frente a situaciones críticas y traumáticas, y en este proceso, crecer y evolucionar.